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21 de diciembre de 2025
Cultura
Buenos Aires

Hace pan dulce genovés todo el año, pero en Navidad explota: la panadería que existe desde 1951 en Colegiales

• Panadería Santa Ana, ícono artesanal en Colegiales 🇦🇷 • Pan hueso y pan dulce genovés, clásicos locales • Tradición familiar desde 1951 • Resiste frente a la producción industrial • Historia y sabor que unen generaciones

En una esquina del barrio porteño de Colegiales, la panadería Santa Ana se mantiene como un símbolo de la tradición artesanal desde su fundación en 1951. El local, ubicado en Conde y Virrey Avilés, es atendido actualmente por Benjamín Cires, hijo de los fundadores, junto a sus propios hijos, Santiago y Candela. Santa Ana es reconocida por dos productos emblemáticos: el pan hueso, precursor en la zona, y el pan dulce genovés, que se elabora todos los viernes del año y se convierte en una verdadera joya artesanal, especialmente en épocas de fiestas, cuando la fila de clientes puede extenderse por cien metros.

La historia de la panadería está marcada por la inmigración y el esfuerzo familiar. Benjamín Cires padre, nacido en La Habana y de ascendencia española, llegó a Argentina tras huir de la Guerra Civil Española. Tras años de trabajo en una panadería de Villa Devoto, fundó Santa Ana en 1951, nombrándola en honor a la advocación de la capilla del pueblo natal de su padre. El local, que antes había sido una caballeriza, se transformó en un espacio de elaboración artesanal y vivienda familiar.

El pan hueso surgió como respuesta a la necesidad de los clientes mayores de contar con un pan de corteza suave y fácil de masticar. Con el tiempo, se convirtió en un producto versátil y distintivo del local. El pan dulce genovés, por su parte, se elabora con frutos secos, frutas abrillantadas y pasas de uva, y se vende durante todo el año, no solo en diciembre. "En realidad también lleva avellanas, pero si se las agrego se dispararía el precio y no quiero", explica Benjamín Cires.

La producción de Santa Ana es limitada y completamente artesanal, abarcando desde medialunas y budines hasta alfajorcitos y panes de queso. Antes de iniciar cada jornada, Benjamín realiza un ritual de bendición de los ingredientes y de quienes consumirán el pan, como parte de la tradición y la fe familiar.

En tiempos de cadenas y producción masiva, Santa Ana defiende la panadería tradicional porteña como un espacio de pertenencia y memoria. "Hay clientes que me dicen que vienen acá desde chicos, que conocieron a mis padres", relata Benjamín. El objetivo del local es claro: ofrecer pan bueno, accesible y reconocible, manteniendo viva la historia y el sabor auténtico en el barrio de Colegiales. La continuidad generacional y el vínculo con la comunidad aseguran que Santa Ana siga siendo un refugio donde el tiempo se amasa despacio y el sabor todavía importa.